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Las aventuras de Nicolas Marcel en Salamanca

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El regimiento francés 69º de infantería de línea entró en la ciudad de Salamanca por la calle Zamora, con sus músicos al frente de la columna, el 14 de agosto de 1809. El suboficial Nicolas Marcel, que a la sazón contaba con veintitrés años, era uno de los miembros de esta unidad que iba a terminar combatiendo en Tamames, Alba de Tormes, Ciudad Rodrigo, Fuentes de Oñoro, Los Arapiles y Garcihernández. A Marcel le maravilló nuestra monumental Plaza Mayor desde el primer día que puso un pie en ella, pero pronto su atención se desvió hacia un par de guapas dependientas, una de una cordelería y la otra de una pastelería, que atendían a los recién llegados clientes franceses en el ágora salmantina. Afirma nuestro memorialista que el gobierno afrancesado de la ciudad había esculpido en la Plaza Mayor de Salamanca un medallón dedicado al rey José Bonaparte, pero que los rebeldes españoles, que habían retomado el control de la ciudad durante la primera quincena de ese mes de agosto, lo habían mandado picar (1).

Nicolas Marcel en SalamancaA los pocos días, el 69º dejó Salamanca junto al resto del VI cuerpo de ejército francés para continuar su marcha hacia Extremadura. Su misión era defender Madrid frente a un hipotético avance conjunto de tropas españolas y británicas. La primera noche tras su salida de Salamanca, Marcel y sus camaradas vivaquearon a las afueras de la localidad de San Pedro de Rozados. Leblanc, otro suboficial del regimiento, compartió con él una botella de vino blanco que hizo que se le soltara la lengua al primero y confesara que había sido tan tonto de dejarse birlar, en Salamanca, la casaca, el chacó y el fusil. Ambos rieron pensando que, en el fondo, el robo se había producido para hacerle el favor de no tener que ir tan cargado durante la marcha.

El 18 de octubre de 1809 Marcel participó, con su regimiento integrado en la brigada del general Maucune, en el ataque sobre la izquierda del ejército español desplegado sobre las alturas de Tamames. Logró salvarse de la debacle y retornó, amargado por la derrota, a Salamanca, ciudad que el duque del Parque recuperó el 25 de octubre, afirmando Marcel que los españoles quemaron vivos a los heridos franceses que habían dejado en los hospitales de la ciudad.

El 28 de noviembre de ese mismo año disfrutó sádicamente siendo testigo, en primera línea, de cómo la caballería francesa sableaba a placer a los soldados españoles durante la batalla de Alba de Tormes. Una vez en la Villa, se las arregló para pasar una confortable noche en un convento, donde las religiosas, en busca de protección, le agasajaron a él y a un capitán de su regimiento, llamado Fauverteix, con dulces y otras atenciones, llegando a afirmar en sus memorias: “me pareció que muchas de las monjas jóvenes preferían la vida mundana a la monástica”.

En enero de 1810, acantonado en Ledesma, Marcel pasó las frías noches acompañado de una viuda de cuarenta años, llamada Rosa de Paz, que le atiborró a dulces y rosquillas y cuyos amores compaginaba con otros que mantenía con una cantinera de su regimiento. Cuando, en febrero, tuvo que retornar a Salamanca, su desconsolada amante ledesmina le regaló una billetera en la que le había bordado una rosa y que llevó siempre consigo durante la guerra en España.

Luego, Marcel pasó un tiempo en la localidad de Vitigudino, residiendo en la casa de un labrador rico al que llamaban el Tío Redondo. Este paisano vitigudinense y su esposa tenían acogida en su casa a una sobrina de catorce años llamada Manuela, a la que no tuvieron reparo ninguno en animar a que se dejara cortejar por el suboficial Marcel, ya que eso podría suponerles cierta protección frente a los merodeadores franceses.

A principios de marzo de 1810, el regimiento 69º recibió la orden de acantonarse en el pueblo de El Maíllo, huyendo todas las mujeres de esta población al bosque ante la inminente entrada de los franceses. Marcel, con un cinismo que sobrecoge, no tiene reparo alguno en describir de este modo el repugnante episodio de violaciones que iba a producirse:

[…] los soldados del 69º organizaron una cacería que nos trajo de vuelta un buen número de estas divinidades. De señoritas que pudieran ser, inmediatamente se convirtieron en señoras sin haber contraído el sacramento del matrimonio al pie del altar.

Desde El Maíllo, los soldados del 69º se dirigieron a Tamames, población que, según afirma Marcel, siempre encontraban abandonada y que, en esa ocasión, los franceses demolieron casa por casa motivados por el enfado que les supuso no hallar un solo horno en el que cocer pan.

En 1812 Marcel fue testigo, en los mismos días en los que se atiborraba a la mesa del general Foy, que lo había nombrado capitán de estado mayor en Ávila, de la hambruna que asolaba en aquel tiempo las tierras de León y Castilla:

He visto con mis propios ojos a gente rica peleando con perros por trozos de mulas o caballos que habían muerto hacía seis días. Una noche, junto a varios oficiales, fui testigo de una escena horrible: un niño que acababa de morir de hambre fue devorado por sus amigos, que se comieron sus flacos miembros delante de nosotros.

Durante esos días de julio de 1812 previos a la batalla de Los Arapiles, en los que el ejército del mariscal Marmont acampaba en la orilla norte del Duero y el de Lord Wellington en la sur, Marcel tuvo la oportunidad de vengarse del general Foy, que le había impuesto un arresto domiciliario de diez días tras una discusión entre ellos, no nos cuenta el memorialista a causa de qué. El caso es que Foy tenía una amante española, llamada Gertrudis, que lo acompañaba desde los días de la batalla de Talavera, a la que Marcel invitó a dar un paseo una tarde:

[…] estaba encantado de vengarme decorando la frente del general de la división. No sé si esto le causó algún dolor pero yo tuve el gran placer de pasar una noche deliciosa con su Gertrudis, que era joven y bonita.

Marcel, tras ser herido de un sablazo en la cabeza en la batalla de Los Arapiles y de otro corte en un brazo en el combate de Garcihernández, se retiró con el resto del ejército francés a Burgos. El 15 de noviembre de 1812 los franceses estaban de vuelta en Salamanca. Allí Marcel se reencontró con una antigua amante, Sinforosa Martel, que le reprochó que no hubiera acudido a protegerla de la furia y la lujuria de sus camaradas, deseosos de saciar su sed de venganza con los salmantinos, que tanto se habían alegrado de la derrota francesa del 22 de julio. A Marcel no le afectaron en absoluto los reproches de Sinforosa, que “había sido violada por quince o veinte dragones y que se encontraba en un estado tan lamentable que apenas podía tenerse en pie”, ya que en su alojamiento le esperaba “una preciosa morenita” que se había puesto bajo su protección.

Y aunque se suele decir que mala hierba nunca muere, Nicolas Marcel falleció en 1845 en su ciudad natal, Ricey-le-Bas, departamento de L’Aube, dejando para la posteridad uno de los relatos más cínicos del paso de las tropas de Napoleón por la provincia de Salamanca.

(1) No consta que se llegara a esculpir un medallón dedicado a José Bonaparte en la Plaza Mayor de Salamanca. Es posible que Marcel se confundiera al ver el medallón que los salmantinos habían picado en 1808, el dedicado a Manuel Godoy.

M. A. Martín Mas

Fuente: MARCEL, N. Campagnes en Espagne et au Portugal 1808-1814. Éditions du Grenadier (2001)

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