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El general Thiébault abastece Ciudad Rodrigo

MARCOS MARTIN jesus muralla

y permite con ello que los refuerzos continúen su camino para alcanzar a Suchet frente a Valencia

José Pardo de Santayana

Instituto Español de Estudios Estratégicos

 

 

Durante la guerra de la Independencia, a finales de octubre de 1811, el general Thiebault engañó a Wellington y consiguió hacer llegar un convoy de víveres a Ciudad Rodrigo. Esta operación de limitadas proporciones tuvo, sin embargo, grandes repercusiones estratégicas y, no obstante, es muy poco conocida y mucho menos la influencias que tuvo sobre la caída de Valencia en enero de 1812 que estuvo muy cerca de hacer colapsar la resistencia nacional española.

La plaza fortificada del río Águeda, cuyo abastecimiento absorbía gran número de tropas y recursos, suponía un gran reto para los franceses. Al encontrase en una región poco poblada de extensas dehesas, el contingente que la defendía –unos 2000 hombres– apenas podía encontrar víveres en los alrededores y únicamente podía subsistir a costa de convoyes traídos desde Salamanca, a 90 km de distancia y sin ninguna posición intermedia. Así, aquella plaza se encontraba defendida a sus propias expensas, en medio de una región absolutamente controlada por los guerrilleros de don Julián Sánchez El Charro. Por otra parte, la penuria de víveres no permitía que en torno a la capital provincial se acantonaran más de 3.000 o 4.000 hombres de manera permanente.

El reavituallamiento periódico de la fortaleza exigía unos convoyes difíciles de reunir y escoltarlos con una fuerza importante, con más razón si el ejército aliado se reunía junto al Águeda. En ese caso, los franceses se veían obligados o a abandonar la plaza a su suerte o a reunir fuerzas considerables al precio de largas marchas y de desguarnecer provincias alejadas. Al ejército aliado le bastaba con permanecer en las proximidades de Ciudad Rodrigo para que, cada vez que fuera necesario reavituallar la guarnición, los imperiales se vieran obligados a repetir una costosa y urgente concentración de sus tropas, fuerzas que, por otra parte, no podían alejarse mucho de la frontera portuguesa.

El problema para los aliados residía en las crecidas del río Águeda. En caso de desplegar tropas al este del curso de agua para interceptar eficazmente el paso a dicha plaza, estas corrían un cierto riesgo de quedar aisladas del resto del ejército de Wellington. Esto llevó al prudente general inglés a bloquear la plaza desde la margen occidental del río, disponiendo únicamente de un dispositivo de vigilancia y alerta sobre la ruta de Salamanca con una escasa tropa británica a distancia de una intervención rápida, lo que permitió que los franceses se adelantaran repetidas veces a abastecer la plaza a pesar de la cercanía de tropas aliadas superiores. De haber desplegado alguna división británica al este del Águeda, como le pedía el general Carlos de España, las tropas españolas podrían haber adelantado sus posiciones, anticipando la capacidad de respuesta y creando conjuntamente un dispositivo más sólido frente a la llegada de los convoyes. Además del de Ciudad Rodrigo, solo había otro puente sobre el Águeda en Barba del Puerco, 30 km aguas abajo que hoy se conoce como Puente de los Franceses.

Cuando, el 8 de abril, en su retirada desde frente a Torres Vedras, el mariscal Massena había cruzado el río Águeda de vuelta, el general inglés había avanzado con la mayor parte de su ejército a una posición entre los ríos Águeda y Coa para asediar a la vez Ciudad Rodrigo y Almeida. Como las sabía muy mal aprovisionadas, aunque no disponía todavía de artillería de sitio, esperaba poder hacerse con ambas plazas por medio de un simple bloqueo. Durante los tres días que las tropas imperial permanecieron en los alrededores de Ciudad Rodrigo, antes de continuar su repliegue hasta Salamanca y más allá, aquellas habían consumido gran parte de las reservas de la plaza fronteriza.

Wellington ordenó a don Julián que con su partida de 1.600 hombres pasara a la orilla derecha del Águeda y situó con este objetivo a la división ligera reforzada por la brigada de caballería Arentchild, cerca del río, al otro lado de su afluente, el Parente. Una vez en Salamanca, Massena actuó con rapidez y envió dos convoyes que llegaron en los días 13 y 16 de ese mismo mes, lo que contrarió al caudillo británico.

La plaza de Almeida, más aislada aun en territorio enemigo y afligida por el hambre, era lógicamente más difícil de socorrer. No obstante, para hacerlo, el mariscal reorganizó el ejército de Portugal en un tiempo record, volvió sobre sus pasos y el día 5 de mayo se dio la batalla de Fuentes de Oñoro. Wellington rechazó in extremis la embestida imperial y la plaza portuguesa tuvo entonces que ser evacuada por los franceses, que escaparon a pesar del sitio aliado.

El general inglés dirigió entonces su ejército hacia el sur para emprender un nuevo sitio de Badajoz. La estancia prolongada de fuerzas imperiales en la región con motivo de su última ofensiva había vuelto a dejar los almacenes de Ciudad Rodrigo casi vacíos. Así, cuando en los primeros días de junio, el mariscal Marmont, nuevo comandante en jefe del ejército de Portugal, había puesto todas sus unidades en marcha para acudir en socorro de la plaza del Guadiana, se había acercado a Ciudad Rodrigo para dirigir a ella un convoy de suministros.

De tal modo, con el ejército imperial del Norte operando contra las fuerzas del ejército español de Galica, la región quedo casi vacía con el general Thiebault y una escasa guarnición en Salamanca y El Charro interceptando la ruta de Ciudad Rodrigo. El 18 de junio, el guerrillero destruyó un convoy destinado a la plaza y amenazaba también Salamanca. Tuvo tanto éxito en el bloqueo de la fortaleza del Águeda que se calculaba que la guarnición agotaría sus provisiones hacia el 20 de agosto.

Wellington, que había tenido que levantar el segundo sitio de Badajoz como consecuencia de la aparición combinada de los ejércitos de Portugal y del Mediodía, adelantó entonces sus operaciones contra Ciudad Rodrigo por medio de nuevo bloqueo. No obstante, el ejército del Norte se había anticipado a la fuerza aliada. El general Dorsenne había preparado un convoy en Valladolid y lo había hecho llegar hasta la plaza el 29 de julio escoltado por una división acompañada de caballería y artillería. Una segunda división había marchado hacia el sur de Salamanca para reducir la presión sobre la ciudad.

A pesar del contratiempo, a mediados de agosto, el ejército anglo-portugués estrechó el bloqueo de Ciudad Rodrigo a la espera de la llegada de la artillería pesada para poder realizar un asalto por la fuerza. Entonces, Marmont, saliendo del valle del Tajo, se reunió el 22 de septiembre en Tamames con un importante contingente del ejército del Norte. Desde allí continuó hasta el Águeda y obligó a los ingleses a levantar el bloqueo. La plaza quedó reabastecida. No obstante, el mariscal no se conformó con ello e hizo una incursión al otro lado del río que dio lugar a las acciones del Bodón el día 24 y Fuenteguinaldo el 26.

Tras esta ofensiva de grandes proporciones y escaso resultado, a principios octubre, el ejército de Portugal pasó de vuelta por el puerto de Baños para tomar de nuevo sus acantonamientos del valle del Tajo y de las provincias de Ávila y Toledo. Por su parte, Wellington retiró a parte de sus tropas a los cuarteles de invierno, dejando para el bloqueo de Ciudad Rodrigo tres divisiones británicas y a las tropas españolas.

Esto ocurría en un momento donde las órdenes de París exigían el envío urgente de tropas hacia el este con el objetivo de impulsar la toma de Valencia. Napoleón tenía urgencia con la ofensiva de Suchet contra dicha ciudad para, a continuación, poder retirar tropas de España para la campaña de Rusia. El 28 de septiembre había fracasado un asalto contra el fuerte de Sagunto y en Aragón las divisiones de partisanos venidas de las regiones circundantes habían inquietado seriamente a las fuerzas de ocupación, llegando incluso a capturar el 4 de octubre la guarnición de Calatayud.

El general Dorsenne se apresuró en dirigir la mayor parte del ejército del Norte hacia Valladolid y Burgos para permitir a la brigada Pannetier y a la división Caffarelli, ambas del cuerpo de Observación de la Reserva, dirigirse a Navarra y Aragón para facilitar la marcha de los refuerzos en dirección a la capital levantina, mientras la división Bonet se preparaba para volver a Asturias.

1 Ciudad Rodrigo

Volviendo a la región de Ciudad Rodrigo, la división ligera se había establecido en Zamarra, Martiago y El Bodón; La 4ª, con su cuartel general en Villar de Ciervo defendía el Águeda aguas abajo de la fortaleza, entre Gallegos y Barba del Puerco, mientras que la 3ª se encontraba un poco a retaguardia, entre Aldea del Puente y Fuenteguinaldo, para poder secundar a las dos anteriores. Lord Wellington se instaló en Freineda. Las tres brigadas de caballería estaban encargadas de proveer por rotación los puestos avanzados a lo largo del Águeda, así como junto a las divisiones ligera y 4ª.

La unidad mandada por el coronel Julián Sánchez comprendía 600 lanceros y un millar de infantes y era muy apreciada por el general en jefe inglés, a la que hacía que se entregase paja y raciones como a sus propios soldados. Aquella tropa ligera, bien organizada, disciplinada y muy apta para el servicio de puestos avanzados y golpes de mano, había tomado sus posiciones a lo largo del río Yeltes, desde donde no cesó de vigilar la región en dirección a Salamanca y al puerto de Baños. Además, al este de Ciudad Rodrigo aportó una cadena de puestos que aseguraban el bloqueo de la plaza, impidiendo que la guarnición forrajease fuera del alcance de su artillería, interceptando los envíos de víveres desde los alrededores y cortando toda comunicación con el ejército francés.

La pequeña división de Carlos de España estaba en el ala izquierda del ejército aliado, tenía su grueso, así como su cuartel general, en San Felices de los Gallegos, mientras que una potente vanguardia fue a tomar posición en el Tormes, frente a Ledesma.

En el entorno de Salamanca los franceses únicamente disponían de una división que necesitaba al menos dos jornadas de marcha para avanzar hasta el Águeda, mientras que a Wellington le bastaban veinticuatro horas para estar advertido de sus menores preparativos.

La prolongación de las operaciones imperiales de la reciente ofensiva combinada de los ejércitos del Portugal y del Norte se había hecho a costa de dejar las reservas de la fortaleza del Águeda reducidas a un tercio, únicamente para dos meses, a lo que se vino a sumar que el 15 de octubre el comandante de la plaza, el general Reynaud, fue capturado en un descuido por las tropas del Charro, de igual modo que la mayor parte de su ganado que pastaba a la vista de la fortaleza. El reabastecimiento de la plaza y la llegada de un nuevo comandante resultaban pues apremiantes.

Por orden de Dorsenne, Thiebault estaba reuniendo harina, bizcochos y ganado que debían ser enviados en noviembre hasta su destino. Ya había reunido tres o cuatro mil fanegas de trigo y harina y doscientos bueyes. Sin embargo, los efectivos de que disponía, menos de 4500 infantes y 700 jinetes era una fuerza irrisoria para enviar un convoy hasta Ciudad Rodrigo, vigilado por buena parte del ejército británico.

Restando las tropas encargadas de velar por la conservación de la sede del gobierno y de Alba de Tormes, únicamente podía contar con 3000 hombres para escoltar el convoy, es decir, apenas lo justo para resistir a los españoles de don Julián y de Carlos de España. Si intervenía la división ligera, su empresa se saldaría con una derrota. Las lluvias estacionales habían hecho que todos los ríos bajasen crecidos, lo que añadía una dificultad suplementaria al movimiento de las tropas.

La única posibilidad de éxito era engañar al enemigo acerca de las fuerzas que iban a tomar parte en el movimiento. Previendo que Wellington tendría un tiempo de retraso en su intervención, lo esencial sería actuar muy deprisa. En un primer momento Thiebault, que no desveló sus intenciones ni a sus íntimos ni a sus inmediatos subordinados, el día 28 informó al prefecto de Salamanca que 12 000 hombres y 1000 caballos del ejército de Portugal con 12 bocas de fuego desembocarían por el puerto de Baños y que, por tanto, había que enviar víveres a Frades. A continuación ordenó a los corregidores de la sede del gobierno y de Alba de Tormes que prepararan el alojamiento y la comida para ocho batallones y 2000 jinetes de la Guardia Imperial. Estaba persuadido de que el general inglés no tardaría en ser informado de dichas disposiciones, que sacaría la conclusión lógica y que, lejos de dirigirse al encuentro del convoy, concentraría su gente en una posición defensiva.

El 30 de octubre se reunieron en Matilla (1) las tropas destinadas a servir de escolta al bizcocho y al ganado, y que debían parecer la vanguardia del cuerpo expedicionario aportada tanto por el ejército del Norte como por el de Portugal. Se trataba de dos batallones del 1º de línea, de los cuatro del 62º y de 500 cazadores, los mejor montados del 31º regimiento, así como de cuatro piezas ligeras. El contingente venido de Salamanca había marchado con el convoy que había abandonado la ciudad bajo pretexto de ir a aprovisionar el acantonamiento previsto en Frades para el ejército de Portugal.

El 30 de octubre el general en jefe británico fue avisado por don Julián de que el enemigo reunía fuerzas en Frades y que Ledesma había sido evacuado. Este concluyó que los franceses se concentraban probablemente para recoger contribuciones en la sierra de Francia y no tomó ninguna disposición.

El día siguiente, al despuntar el día, Thiebault se alejó a su vez acompañado de Barrie, el nuevo comandante de la plaza, y de los cazadores de montaña españoles. Dejó el mando de la sede del gobierno al coronel Saint-Martin, al que no puso al corriente de su plan hasta el momento de montar a caballo.

A las nueve de la mañana la columna se puso en marcha y se dirigió a San Muñoz (2), donde hizo una pausa de hora y media. No había encontrado a nadie, pero había conocido que don Julián concentraba a su gente a la derecha, del lado de Buenamadre (3). Los franceses avanzaron en seguida hasta Alba de Yeltes (4) donde, hacia las tres de la mañana, establecieron sus vivaques en el bosque. La necesidad de dar algún descanso a los tiros de arrastre, a las bestias de carga y al ganado, impuso dicha detención.

Finalmente, el 1 de noviembre a las tres de la tarde la columna consiguió desembocar en la llanura en la que se encuentra Ciudad Rodrigo (5). Durante toda la marcha, hecha al paso lento de los bueyes y atravesando con dificultad los ríos, algunos cazadores del 31º regimiento y del escuadrón español no habían dejado de vigilar la derecha a lo lejos, deteniendo a todos los paisanos encontrados para retenerlos durante algunas horas. Por todas partes se anunciaba además que 30 000 hombres seguían a aquella pequeña vanguardia.

Thiebault dejó allí al 1º y al 62º de línea, y algunos jinetes y artilleros para defender la entrada de la garganta. El 31º de cazadores y ocho compañías de élite que habían dejado sus mochilas, continuaron con el convoy hasta la plaza (6), en la que únicamente entraron los dos generales, las bestias de carga y sus fardos, así como el ganado. Las carretas depositaron su cargamento de efectos y de calzado en el glacis. Por la tarde Thiebault impuso en su cargo al nuevo gobernador con toda la solemnidad posible.

En la mañana del 1 de noviembre a Wellington le llegó de Carlos de España la noticia de la llegada próxima de tropas a Salamanca, lo que parecía confirmar una carta interceptada de Souham. Enseguida el lord escribió a Graham que no se podía excluir que Dorsenne con el ejército del Norte y con la división del de Portugal que se encontraba en Plasencia avanzara hacia el Águeda. Decidió pues dirigir al día siguiente su cuartel general a Fuenteguinaldo y hacer avanzar todo el ejército para reunirlo entre el Águeda y las colinas. Graham con sus divisiones debía atravesar el Coa para dirigirse a Alfayates (7). En breve Wellington contaba con retomar en la orilla izquierda del Águeda y al oeste de Ciudad Rodrigo la posición defensiva que había adoptado en septiembre durante la aparición de Marmont y de Dorsenne reunidos.

Más tarde, el general en jefe británico había conocido por don Julián la presencia del convoy a unas seis leguas de Ciudad Rodrigo. No imaginando que el enemigo pudiera hacer una marcha por la noche, había dispuesto todo para que el día 2 la división ligera, la 3.ª división y la caballería de Alten desembocaran aguas arriba por el vado de Pastores, mientras que los escuadrones de Slade pasarían aguas abajo por el de Molino de Flores.

Sin embargo, el día 2 hacia la una y media de la madrugada el general Thiebault salió de la fortaleza del Águeda, se unió a su infantería a las tres y alcanzó San Muñoz por la tarde. Al día siguiente la mayoría de las tropas estaban de vuelta en sus acantonamientos. Únicamente tuvo que lidiar el día 3 por la mañana en Matilla con un ataque don Julián contra su retaguardia. El 1º de línea, la artillería, así como los enfermos o lisiados traídos desde Ciudad Rodrigo en los vehículos, no llegaron hasta el día siguiente después de haber pasado la noche en Canillas de Arriba. Thiebault había conseguido el objetivo que le había sido ordenado sin perder un solo hombre, animal o cargamento. Cuando Wellington quiso reaccionar, la columna francesa ya había tomado el camino de Salamanca y su ventaja era demasiado importante para que se le pudiera alcanzar.

El francés había conseguido engañar completamente a su adversario cuya lentitud de reacción –así como también la de sus jefes de división– era bien conocida y los casos recientes de reabastecimiento de la plaza confirmaban. Wellington no se engañó, aunque a posteriori se esforzara en justificar su inacción del 1 de noviembre por la crecida de las aguas y la impracticabilidad de los vados, aunque sus cartas del 30 de octubre y 1 de noviembre al teniente general Graham confirman lo contrario.

De no haber conseguido Thiebault su propósito, además de haber corrido el riesgo de dejar la provincia de Salamanca –la puerta del valle del Duero– desguarnecida, en menos de tres semanas la fortaleza del Águeda se habría visto obligada a capitular a no ser que las fuerzas imperiales hubieran acudido inmediatamente a desbloquearla y hacer entrar un nuevo convoy.

Ello habría revertido el avance de las tropas del ejército del Norte en dirección a Aragón y el Levante, obligado al ejército de Portugal a volver a pasar del valle del Tajo al del Duero. El trastorno general habría sido enorme para ambos ejércitos y Suchet habría quedado detenido frente a Valencia con Aragón y Cataluña en su retaguardia en plena efervescencia insurreccional. En el mejor de los casos las fuerzas imperiales habrían abastecido la plaza del Águeda a mediados de noviembre y vuelto a la misma situación que habían conocido a principios de octubre tras la incursión de Fuenteguinaldo.

La conquista de la capital del levante español habría tenido que ser retrasada al menos en un mes y medio. Para entonces ya se habría iniciado la retirada de tropas imperiales de la Península para la campaña de Rusia y la guerra hubiera seguido otros derroteros muy distintos. Valencia, probablemente, se hubiera salvado y con ella las mejores unidades con las que todavía contaba el ejército español.